Hubo una época en que la gente votaba en positivo. Se levantaba temprano el domingo, tomaba unos mates y arrancaba hacia la escuela. O bien lo hacía en horario de la siesta, especulando con que a esa hora no habría tanta gente esperando su turno.
Llegaba al establecimiento, entregaba su DNI en la mesa y entraba el cuarto oscuro dispuesto a depositar su voto con seguridad y certeza, ya que lo haría por afinidad ideológica, por confianza hacia los candidatos, por su sentido pertenencia a un partido político determinado o por estar convencido de que ese gesto era una herramienta que posibilitaría mejorar su situación y la del resto de los habitantes de su pueblo, ciudad o nación.
Ese simple hecho tenía entonces un valor enorme, que derivaría con el tiempo en un motivo de orgullo o en una amarga desilusión, según el desempeño de los funcionarios o legisladores elegidos.
Lamentablemente la degradación y la consecuente involución de la clase política (no de la política por sí), transformaron esa maravillosa expresión democrática en un producto negociable, en un producto de mercado en que las “voluntades” se venden al mejor postor.
Otra manifestación de la pérdida del valor intrínseco del voto, es la que mayor vigencia ha cobrado en los últimos tiempos. Se trata del denominado “voto castigo” que apunta directamente a evitar que tal o cual tenga posibilidades a acceder al poder, sin que importe la capacidad del candidato hacia quien se direcciona el voto.
No está mal que uno decida no aportar a que alguien que hizo un mal gobierno continúe en el poder. Por el contrario, es deber de un buen ciudadano hacerlo, pero a veces las consecuencias son impensadas.
Lo que ocurre actualmente en nuestro país es un ejemplo claro de esa situación. Javier Milei no ganó las elecciones que en su momento lo pusieron a la cabeza del Poder Ejecutivo Nacional por mérito propio. Lo hizo porque sus contrincantes ya habían colmado la paciencia del pueblo con acciones repudiables, porque habían puesto un timorato genuflexo en la casa rosada y presentaban a un delincuente como el candidato que, siendo ministro de economía, prometía combatir y vencer al fantasma de la inflación una vez ungido presidente. Sin dudas, el descripto es un ejemplo del “voto castigo” o “voto negativo”.
Y uno se preguntara ¿Cómo llegamos a esto? La respuesta, que no es lineal, podría incluir entre otras causas, la degradación de los votantes que se fue dando en sintonía con la de la clase política con el paso del tiempo; la pérdida de la comprensión real de lo que significa “democracia”; la subordinación del pueblo respecto de los que ejercen el poder, una inversión de roles sumamente peligrosa; la conversión de los militantes en mercenarios; la aceptación generalizada de dádivas; la destrucción de las instituciones; la falta de reacción ante las injusticias, y la ausencia de hombres justos en el ámbito desde donde se debe impartir justicia.

Pero la principal causa es la naturalización de la suma de esas situaciones, que sólo favorece a los oportunistas que gobiernan en detrimento del pueblo.
Todos, de una forma u otra, somos culpables de lo que nos pasa. Y como tales pagaremos más temprano que tarde el costo altísimo de nuestros errores, nuestra desidia o nuestra complicidad.
J.M





